NUVÉ · Información
Explicaciones simples y con base real sobre cómo funciona cada tratamiento capilar. Elegí una categoría para ir directo.
El cabello está compuesto principalmente por queratina, una proteína que puede dañarse por el uso frecuente de herramientas de calor (planchas, secadores), procesos químicos (tinturas, alisados) y factores ambientales como el sol, el cloro o la contaminación. Ese daño se traduce en una cutícula capilar —la capa externa del pelo— más abierta y desordenada, lo que genera frizz, opacidad y mayor propensión al quiebre.
Los tratamientos con colágeno hidrolizado actúan reponiendo parte de la estructura proteica perdida, ayudando a sellar la fibra capilar desde el interior. Esto se traduce en un pelo con mejor cuerpo, más manejable y con una superficie más lisa que refleja mejor la luz —por eso el efecto de brillo inmediato tras su uso.
Los aceites capilares, por su parte, actúan en la superficie: forman una capa protectora que sella la cutícula, controla el frizz al instante y protege el cabello del calor de planchas y secadores. Usados en la cantidad justa —unas pocas gotas— no apelmazan ni engrasan, sino que potencian el brillo natural del cabello.
La combinación de ambos tratamientos —una mascarilla semanal de colágeno junto con el uso diario de aceite protector— es una de las rutinas más efectivas para recuperar y mantener la salud del cabello dañado.
El colágeno es la proteína estructural más abundante del cuerpo, pero el pelo no lo produce por sí mismo: la fibra capilar está hecha de queratina, y con cada lavado, tinte o exposición al calor va perdiendo parte de su estructura. Ahí es donde entra el colágeno hidrolizado: su molécula está fraccionada en partículas lo bastante pequeñas como para penetrar el tallo capilar, no solo quedarse en la superficie.
Una vez dentro, actúa rellenando los espacios vacíos que deja el daño acumulado, reforzando la fibra desde adentro. El resultado no es solo estético: el pelo tratado con colágeno gana cuerpo, resiste mejor la manipulación diaria y se quiebra menos en el cepillado.
Por eso una mascarilla de colágeno funciona distinto a un acondicionador común: mientras el acondicionador suaviza la superficie para desenredar, la mascarilla repara la estructura interna. Se usa una vez por semana, con el pelo limpio y húmedo, dejando actuar entre 15 y 20 minutos para que el activo alcance a penetrar.
La maca es una raíz originaria de los Andes, tradicionalmente valorada por su concentración de aminoácidos, minerales y ácidos grasos. En cuidado capilar, su extracto se incorpora a las fórmulas porque estos nutrientes son justamente los que necesita el cuero cabelludo para sostener un crecimiento sano: aminoácidos que aportan a la síntesis de queratina, y minerales como el hierro y el zinc, vinculados a la actividad del folículo piloso.
Aplicada tópicamente, la maca ayuda a nutrir el cuero cabelludo y acompaña la fibra capilar desde la raíz, en lugar de actuar solo sobre las puntas como hacen otros tratamientos. Es un ingrediente que se complementa bien con el colágeno: mientras uno repara la fibra ya dañada, el otro trabaja sobre la base desde donde crece el pelo nuevo.
Es la base de toda la línea Maca Power: está presente en el shampoo, el acondicionador, la mascarilla y el óleo, así que el efecto se acumula con el uso constante de la rutina completa, no de un solo producto aislado.
El pelo rubio decolorado y el pelo con canas comparten un problema: con el tiempo y el lavado, tienden a tomar un tono amarillento o anaranjado. Esto pasa porque al eliminar el pigmento natural del pelo (por decoloración) o al perderlo (canas), lo que queda visible son los tonos cálidos de fondo de la queratina, que antes estaban tapados por el pigmento oscuro.
Acá funciona la teoría del color: el violeta y el amarillo son colores opuestos en el círculo cromático, así que se neutralizan entre sí. Un matizador con pigmento morado deposita una capa mínima de color violeta sobre la fibra, que cancela ópticamente el amarillo y devuelve un tono más plateado, ceniza o rubio parejo.
Es clave respetar el tiempo de exposición: dejarlo actuar de más puede pasarse de tono y dar un matiz violáceo no deseado. Con 5 a 10 minutos, una vez por semana, alcanza para mantener el tono controlado entre coloraciones en la peluquería.
El frizz aparece cuando la cutícula del pelo —las escamas microscópicas que recubren cada fibra— se levanta en lugar de quedar lisa y pegada al tallo. Con la cutícula abierta, el pelo absorbe humedad del ambiente de forma despareja, cada fibra se hincha un poco distinto y el resultado visual es esa textura despeinada y sin definición, sobre todo en días húmedos.
El daño por calor, la falta de hidratación y el roce mecánico (toallas ásperas, almohadas de algodón) son las causas más comunes de que la cutícula se mantenga abierta. Un óleo capilar actúa sellando esa cutícula: forma una película fina sobre la fibra que la alisa y bloquea el ingreso de humedad excesiva, controlando el frizz al instante y no solo tapándolo con silicona pesada.
Se aplica en puntas, con el pelo húmedo o seco, todos los días —a diferencia de la mascarilla, que es de uso semanal. Con dos o tres gotas alcanza: usar de más apelmaza en lugar de dar brillo.
Es común pensar que el tratamiento semanal (la mascarilla) hace todo el trabajo, pero la rutina diaria es la base sobre la que ese tratamiento funciona. Un shampoo mal formulado puede resecar el cuero cabelludo o dejar residuo, y eso condiciona cómo el pelo recibe cualquier tratamiento posterior.
El shampoo con maca y colágeno limpia el exceso de grasa y producto sin resecar en el proceso, respetando la barrera natural del cuero cabelludo. El acondicionador, aplicado de medios a puntas —nunca en la raíz—, cierra la cutícula después del lavado, facilita el desenredado y deja una base más receptiva para el óleo o la mascarilla que se usen después.
Usados a diario, en cada lavado, son los que sostienen el resultado del tratamiento semanal en el tiempo: sin una buena base diaria, hasta la mejor mascarilla rinde menos.
Una rutina capilar completa combina tres tiempos distintos, y confundirlos es la razón más común por la que un tratamiento "no funciona": lo diario, lo semanal y lo puntual.
Lo diario es shampoo y acondicionador, en cada lavado, para mantener el cuero cabelludo limpio y la fibra sellada. Lo semanal es la mascarilla de colágeno, una vez por semana, para reparar en profundidad lo que el uso diario no alcanza a resolver. Lo puntual es el óleo, que se suma todos los días en puntas para controlar el frizz y sellar el efecto del resto de la rutina —y el matizador morado, si tenés rubio o canas, una vez por semana para mantener el tono.
La razón por la que los combos rinden más que comprar de a uno no es solo el precio: es que la rutina completa ataca el problema desde los tres frentes al mismo tiempo, en lugar de depender de un solo producto para hacer todo el trabajo.
Cortar la rutina capilar durante un viaje es una de las causas más comunes de que un tratamiento pierda efecto: el pelo vuelve a acumular daño desde el primer día sin cuidado, y hay que empezar de nuevo al volver. El problema no es la voluntad, sino la logística: los frascos grandes no entran en el equipaje de mano y pesan de más en la valija.
Los formatos de viaje resuelven exactamente eso: la misma fórmula de maca y colágeno, en frascos chicos que pasan el control de líquidos de cabina y no ocupan espacio. La idea no es una versión "liviana" del tratamiento, sino la rutina completa —shampoo, acondicionador y mascarilla— en tamaño reducido.
Es también la forma más práctica de probar la línea antes de invertir en los frascos grandes: mismo resultado, menor compromiso inicial.